La primera piedra de una obra no es puesta por el constructor, es puesta por Dios en el corazón de aquel que tuvo la visión.
Cuando el rey David comenzó a reinar en Israel, tenía una sola pasión en su corazón: servir a Dios con todas sus fuerzas, y con toda su alma. Ese deseo lo puede sentir en su corazón, solamente alguien que vivió días y noches de amargura, largos tiempos de tristeza y lágrimas en lugares desolados. ¡El rey David fue un salmista por excelencia! Era tal su pasión y entrega por Dios, que no escatimó ningún esfuerzo para agradarle y darle lo mejor.
