Cada vez que terminamos un año e iniciando otro, echamos un vistazo al año que ha terminado y pensamos: “logré muchas cosas”, “no logré muchas cosas”, o tal vez “no logré nada”; en este último caso, nos preguntamos por qué no alcanzamos nuestras metas, y probablemente nos albergue un sentimiento de frustración, de depresión incluso, pero muchas veces, la razón es porque no hemos vivido como Dios quiere que vivamos, ni hemos practicado las cosas que tenemos que practicar, o creído en lo que debemos creer.